Indefensión aprendida

Contemplar la foto del niño ahogado en la costa de Turquía y creer que no se puede hacer nada es aceptar la derrota. Es reconocer que nuestra inteligencia, nuestra creatividad o nuestro compromiso no dan para más que compartir una nota o hacer un comentario y seguir después con nuestras vidas como si nada hubiera ocurrido. Indefensión aprendida es el término científico para cuando la incapacidad de reaccionar a las noticias nos vuelve pasivos.

Políticos que buscan a toda costa aferrarse al poder ocasionaron el problema que llevó al padre a embarcar a sus hijos. Y políticos del primer mundo que tenían la capacidad de resolver el problema eligieron voltear a otro lado. Hace unas semanas los líderes de la Unión Europea se reunieron para decidir medidas de ayuda a los refugiados. Además de unas cuotas ínfimas de acogida por país, se acordó aumentar el presupuesto de vigilancia del litoral mediterráneo de 2 a 4 millones de euros anuales. Dos millones de euros más (un par de barquitos adicionales) para patrullar miles de kilómetros de costas. A eso se reduce el poder de Merkel, Hollande, Cameron y los demás líderes europeos. Políticos, como siempre, haciendo sólo lo mínimo para cubrir las apariencias y salvar sus traseros. Cualquier cosa que no los comprometa demasiado. No se puede esperar mucho de ellos.

Sucedió al otro lado del mundo, pero igual sucede en nuestras puertas. Como muchos de mis amigos me involucré activamente en las pasadas campañas electorales por esta bella idea de generar un cambio positivo en la vida de las personas. Pero si he de ser honesto, no puedo dejar de notar que los esfuerzos siempre se quedan a medias. Siempre está el compromiso político o la decisión moderada o la espera del momento oportuno que nunca llega. Acciones que sólo arañan la superficie. Esfuerzos tibios.

El avance de la tecnología está desplazando el poder de los personajes e instituciones que siempre lo habían detentado para dárselo a aquellos con la capacidad de imaginar soluciones más eficientes. Jóvenes, no forjados en la política, sino en las ciencias de la computación y que llevan en la sangre —y no sólo como un slogan— las ideas de colaboración y el libre acceso a la información están reescribiendo las reglas del juego, han cambiado el panorama mundial y en los últimos 15 años han traído más progreso del que los políticos han podido generar en los últimos 100.

Reconocen la influencia que poseen, adoptan a los que se convierten en facilitadores del progreso y desechan a los que se oponen al mismo.
Ahora las empresas privadas tienen más poder que las instituciones públicas para generar el cambio. Pero tampoco vamos a recibir mucho de ellas si no se los exigimos. ¿Dónde están el Don’t be evil de Google y las millonarias fortunas de sus fundadores cuando se necesitan? ¿O la felicidad que proclama Coca-Cola? ¿O el interés por las personas de Facebook? La desigualdad ha alcanzado niveles tan escandalosos que las reservas en efectivo de Apple alcanzan los 194,000 millones de dólares y no acaba de decidir qué hacer con ellos. Eso es más que las reservas internacionales de México. Si en sus discursos siempre argumentan que las empresas les pertenecen a sus usuarios, creo que es tiempo de empezar a exigirles —extorsionarlos si es necesario— haciéndoles saber que no vamos a consumir sus productos si no se involucran en este tipo de causas. Tienen el poder económico para hacer un impacto significativo y eligen permanecer indiferentes. La omisión también es una falta.
Vivimos una época en la que la forma en que funciona el mundo se está reconfigurando. El tiempo de los políticos se agota. El modelo de centralizar el poder en unas pocas manos es ineficiente y se presta a la corrupción. Un modelo distribuido, donde el individuo tiene cada vez más injerencia en los temas que le afectan terminará reemplazando, tarde o temprano, este modelo arcaico de toma de decisiones en el que estamos sumidos actualmente.

Si el mundo ha de cambiar será por la gente, el individuo común. Y algo que todavía no acaban de entender los políticos es que tenemos las herramientas para hacerlo posible. La innovación que los particulares han generado en todas las áreas de la economía de la colaboración, desde la comunicación y el transporte, pasando por el hospedaje o la salud, envía un mensaje: No tenemos tiempo para esperar a que se pongan de acuerdo. No vamos a permanecer indiferentes. No caeremos en la apatía. Los vamos a obligar a abordar nuestras causas o los vamos a borrar de nuestras vidas de la misma manera en la que borramos una aplicación de nuestro teléfono. Sólo hay espacio para lo necesario. Para aquello que facilita mi vida y me empodera.

Sueño con este mundo donde el individuo tiene el poder. Un espacio donde la toma de decisiones no obedece a ningún tipo de compromiso político. Donde las acciones se coordinan y ejecutan de manera inmediata. Y donde podamos trabajar en conjunto para que imágenes como la del niño en la playa de Turquía no vuelvan nuevamente para rompernos el alma.

Ahora es más fácil para todos aportar nuestro grano de arena para que esto sea posible. Y eso es lo único que me anima para sobrellevar la tragedia que se vive al otro lado del mundo.