La ceguera — Hibridación de color —

Inicio: 13 de febrero de 2015

La última exposición de Juan Bastardo De los Híbridos (Museo Raúl Anguiano) presenta una síntesis de la investigación que desde hace años ha mantenido interesado al artista.

Para hablar de esta exposición tendría que mencionar que el trabajo anterior solía contar con resoluciones formales apoyadas en teoría del color, formas, texturas y escalas de agresividad dirigida y contundente.

Después de cuatro años de viajar y exponer en otros sitios, regresó con esta muestra, en donde presenta un conjunto de fósiles provenientes de un pasado colectivo pero diferenciado, de el pasado cercano que constituye su propio trabajo y que apuntan paradójicamente hacia la idea de un futuro fatal y resplandeciente.

Al entrar a la sala del MURA se encuentra un muro gris, casi negro con el título de la exposición y al dar la vuelta al interior de la sala se ven objetos de distintas blancuras esparcidos en forma circular por toda el espacio y en el fondo de la sala diez cuadros negros.

Como una muestra arqueológica de nuestra era, se va recorriendo un presente disecado, blanqueado y presentado con un minimalismo y un silencio angustioso. Es como entrar a un hueco en el color, como si la sala del museo fuese la esquina de un dibujo que no se alcanzó a colorear correctamente. Y la sensación de que algo falta en medio de todo lo que sobra.

Al recorrer el espacio, mi percepción ya se encuentra en un primer estado de hibridación, camino alrededor de los objetos: grabados en papel algodón hechos con relieve, una máscara para quemaduras y otros objetos textiles bordados a mano en tela, esculturas de máscaras de gas gigantes puestas en el piso como piedras aclaradas por el sol o algún tipo de ácido, modelos geométricos desencajados cuyos lados y sombras proyectan distintas tonalidades albinas, siete pinturas de dimensión minúscula, casi invisibles. Estos y otros elementos formando un arcoíris clorificado de distintos pantones blancos.

Al fondo de la sala, cuelgan en horizontal, diez “cuadros” negros, y debajo del pigmento se alcanzan a ver algunas partes de carne, dientes, ojos. Debajo yacen los retratos que dieron origen a esta muestra, retratos hechos a color. Los cuadrados negros se convierten en ventanas hacia un mundo lleno de tonalidades, a las que por encontrarnos de este lado del espacio no podemos acceder y viceversa.
En este momento la claustrofobia del monocromo proveniente de un mundo que tras estos muros me parece lejano y salvaje. ¿Qué ha pasado con lo que se quedó ahí debajo.

Pienso en la facilidad con que hemos ido negando el color, voluntariamente hemos renunciado a el, en un intento por acercarnos al futuro. Tenemos la idea de que la tecnología, los espacios, las vestimentas del futuro son blancas o neón, metálicas o pastelosas, mínimas. En el blanco más intenso, en la luz más pura y en el minimalismo más inmaterial, envueltos en nada desaparecemos poco a poco.

En mi opinión, esta muestra resulta una crítica y una pregunta al uso del color en estos momentos, en los espacios de arte, en la producción local, en la elección de materiales y resoluciones. A los colores que tenemos añadidos a nuestros conceptos.

La cita de Octavio Paz en el texto de sala me ayudó a concluir que si la luz absoluta es el color blanco, y la falta absoluta de luz es el color negro y eso se traduce a la materia o al pigmento (pues después de todo Juan tuvo su formación como pintor). Al final tanto negro como blanco cumplen la misma función. Ninguno nos permite ver los colores de la realidad, ni de la representación pictórica de la realidad, aún cuando estén debajo.

Es aquí en donde entiendo la exposición como un oscuro presagio. Cada objeto que me rodea en la sala y cada objeto que trato de imaginar fuera de este lugar, me llevan hacia el futuro. Hemos ido dejando el color atrás, la realidad hibridada en su propia composición cromática, suavemente nos conduce hacia una deslumbrante ceguera.