Clausura del Amor

Inicio: 01 de febrero de 2018

Fin: 22 de febrero de 2018

Cuando se acaba, apenas comienza todo.

En La clausura del amor, de Pascal Rambert, dramaturgo Francés cuya larga carrera comenzó cuando apenas tenía dieciséis años, y que en este texto muestra un oficio concreto y de una sabiduría y recursos impresionantes.

Los actores, Andrés David y Erandi Rojas, sólo cuentan con la palabra para hacerle frente a dos personajes que como en un combate de esgrima esperaran su turno para tratar de hacer contacto con el otro y dejar bien claro quién ejerce de mejor manera el poder, los afectos, la dignidad, la ruina, la clausura del amor.

El texto de Rambert tiene todos los elementos necesarios para realizar una sólida construcción de personajes y sugerir de manera contundente una situación basada sólo en la palabra.

Los actores se encuentran en una absoluta vulnerabilidad: vestidos de blanco, con un trasfondo del mismo color, es la ausencia de todo para que aparezca el verbo en toda su belleza y crueldad, palabras que se usan como armas básicas o sofisticadas, son piedras, pero también pueden ser estoques. Un juego de lenguaje que se construye, se deconstruye, y se destruye para emerger en el gesto, en la mirada, en la voz.

Rambert utiliza una estructura muy sencilla, y deja que la palabra anide, crezca, se desmorone y vuelva a crecer en las voces de los actores, que la reciben, la sufren, pero que también la gozan, permitiéndose ambos hacer su trabajo.

Andrés David interpreta por nota, recrea con el cuerpo lo que necesita ser complementario, comenta y añade con el gesto, y es evidente que continúa buscando.

Erandi Rojas es discreta, deja que la palabra corra por sí misma, y añade toques sutiles que le dan una interpretación justa, pero efectiva.

El trabajo de Miguel Lugo es prudente sabiendo que en este tipo de textos el trabajo del actor es de alto riesgo, y no admite ruido, no podía ser de otra manera, deja a los actores trabajar, su propuesta espacial es limpia, elige bien por el silencio, lo que le resta melodramaticidad a un texto que no admitiría sino lo justo, y quizás el final lleva una firma cauta de su estilo. Un final que nos involucra a todos, no termina una historia, comienza la del cuestionamiento a nuestra forma de asumir la relación con el otro, con la otra, conmigo mismo, y uno espera que alcance la vida interior para eso.

Teófilo Guerrero