En venta

Los escaparates son más grandes que el cielo. Los hay de todos colores, cual monolitos de papel hechos en serie. Dan la impresión de componerse por cristal en su cubierta, y tener en el fondo a las personas que promocionan. Pero es todo parte de la estrategia de mercado: mejor mirar algo que parece tener tres dimensiones, que algo que las tiene: para lo primero hay lentes de realidad aumentada, para lo segundo, hay vendas para cubrirse los ojos y la cara entera.

Han pasado años desde que se colgó el primer anuncio. No tenía ningún producto, ni un eslogan llamativo. Tan sólo una persona, sonriendo y con los brazos abiertos. Algunos incautos se acercaron intentando abrazarlo, para descubrir luego que sólo alcanzaban a doblar el pliego en el que figuraba la imagen de quien decía estar ahí para el resto.

La gente no entendía cuál era el caso o el beneficio: ¿para qué ofrecerse a uno mismo? ¿Qué estaba vendiendo? Pero así como hubo quien se preguntó aquello, no faltaron los que vieron el potencial de lo que habían descubierto: si me vendo a mí, en lugar de lo que tengo, no tendré que perder nada: tan sólo ganaré, y ganaré, y ganaré.

Mandaron a hacer sus anuncios. Los primeros fueron un absoluto fracaso. La gente se detenía a criticarlos, a juzgar las imperfecciones en sus rostros, su mala postura, su falta o sobrante de peso.

Entonces ellos, en lugar de olvidar la idea de anunciarse, decidieron mandar a hacer unos nuevos: en ellos aparecían desde ángulos vertiginosos, sonriendo, con la mejor ropa y el mejor arreglo. Esos también fueron un fracaso, porque a la gente no le interesaba que otros como ellos, tipos y tipas de a pie, fuesen mejor.

Entonces volvieron por un tercer anuncio: la sonrisa se quedó, igual que algunos lujos, pero no demasiados. Debía notarse que habían logrado lo suyo a base de esfuerzo. Algunas frases trilladas acompañaban al conjunto, con el eslogan “me lo he ganado”, “me lo merezco”, “es el fruto de mi esfuerzo”. Aquella recomendación se las dio un publicista listillo que, aclarándose la garganta y con las manos metidas en las bolsas, les decía: piensa qué historia quieres vender. Debes ser un ser tridimensional.

Fue entonces que surgió la cuarta generación de anuncios. En ellos, la gente tenía alguna cicatriz o herida ocasional, para generar empatía con los consumidores, pero suficiente luz para que las marcas de acné no se notaran, igual que las venas saltadas de sus ojos por tanto mirar los escaparates.

Para la quinta, todo había evolucionado: ahora no bastaba ser tridimensional, sino que debían compartir dimensión con aquellos que lograban vender, para vender tanto como ellos. Fue así como poco a poco los retratados fueron cambiando cada parte de ellos mismos hasta semejarse a aquellos de quienes compraban ropa y accesorios.

Con el tiempo la gente se acostumbró a ver a los otros en todo lugar (a verlos, pero no tocarlos, ni olerlos, ni sentirlos en modo alguno): en las calles, en las casas, en el cielo. Luego, cuando las nubes se ocultaron, la lluvia fue restringida y la luz del sol mediada, ya todos veían sólo una cosa: los anuncios, y en ellos, lo que las personas pretendían que de ellas vieran.

El problema comenzó cuando la mayoría tuvo su propio escaparate. La gente que no los tenía fue acusada de ocultar cosas, de ser siniestra. ¿Qué había en ellos que no pudiera exponerse? ¿Qué tenían miedo a ser, frente a los otros? Hubo quienes cayeron en el juego, y cedieron. Otros más, luego de obsesionarse con sus anuncios y los del resto, decidieron arrancarlo o dejarlo olvidado, y seguir con sus vidas, caminando por las calles o sin salir de su casa.

Pero los escaparates individuales ya no bastaban tampoco. ¿Quién querría estar con alguien tridimensional, si no había nada de fondo? Comenzaron entonces los anuncios personalizados: con comidas, con parejas, con grupos de amigos, con títulos de cosas intrascendentes pero que adornaban los muros de sus casas (usadas en las fotografías). Todos posando para las fotos que acabaron en anuncios: modelos contratados a los que no se les pagó, pero que ayudaron a crear la imagen del producto perfecto. Pasaban más tiempo anunciándose que en cualquier otra actividad, porque ya no pensaban en sonreír por hacerlo, sino en que quizá aquella sonrisa sería la nueva fotografía del nuevo escaparate.

Todo eso ocurrió sin dar respiro. Los estudios fotográficos rebosaban en dinero, pero no bastaba. ¿Qué mostrar, con esos amigos y esas parejas? ¿Qué lugar debía haber de fondo? Playas, hoteles, plazas: todo aquello que fuese fácilmente identificable, como uno de esos viejos comerciales de televisión o de postales. La gente se convirtió en una postal que ya nadie compraba, porque para colmo, como todos tenían su propio anuncio, deseaban ser ellos los comprados: y como entre ellos pensaban igual, terminaban ganándose gratis, con el costo de no entregarse en lo absoluto, salvo una copia del escaparate, con hedor a plástico y colores chillantes.

Pero las personas no son tontas, así que decidieron dejar de invertir en las fotografías. Mejor hacerlas ellos mismos. Así que, los listillos del principio cambiaron el giro de su empresa y la volvieron un emporio de cámaras fotográficas, de impresoras, y de editores (porque era claro que nadie acabaría por mostrarse realmente: algunos se desnudaban, sí, pero la luz estaba cuidada, igual que los contrastes: todo lo necesario para crear una historia).

Fue así como la gente que no tuvo nunca el suyo, o que los dejó de lado, fue olvidada poco a poco. Ya no eran personas, como el resto, no valían la pena. No podían ser comprados con la misma moneda que esperaban venderse aquellos que los juzgaban, y ante tal complicación, mejor apartar la vista y resignarlos al olvido.

Entonces la gente se dividió en dos grupos: los que existían, y los que no. Los segundos podrían grabar su nombre en piedra o fundirse con las montañas: no importaba, y aún no importa. ¡No lo han anunciado! ¡Los otros no los compran! ¿Qué más dan sus historias, si no se venden?

Los otros, los que sí se anunciaron, están contentos con los resultados: la gente se detiene a ver sus anuncios, hablan de ellos, dicen que les gusta lo que han visto. Ya no perecerán en el olvido. La imagen del escaparate se ha ganado el afecto de los otros que aprueban, y asienten.