Los conejos

Ella sintió que algo se había quedado sobre la cama, o quizá en el suelo, y regresó corriendo, preocupada. Vio que todo estaba en su lugar y salió de la casa cerrando la puerta con trabajo. Parecía trabada. Jaló dos veces y un par de vecinos la vieron, de pie detrás de las ventanas.

Lo primero que le dijo Adrián es que lucía pálida. Ella siempre había tenido por color lo que para otros sería tez fantasmal, y que en ella era natural e incluso le dotaba de una belleza única. Su blancura ayudaba a que el enrojecimiento en sus mejillas se notara con mayor soltura cuando se apenaba, o cuando al reír los hoyuelos se aparecían de repente contagiando su alegría.

Tenía, además, la costumbre de mover su cabello castaño apenas se emocionaba, creando un contraste que se antojaba como inocencia dura.

— ¿Estás enferma? – le preguntó Adrián inmediatamente.

— No. Lo prometo.

Adrían sabía que ella no diría otra cosa. La conocía bien. Había visto su sonrisa tantas veces que podía decir cuantas líneas se formaban en su rostro, igual que las del iris de sus ojos. El hermoso iris que él vio brillar cada noche.

— Te noto cambiada – le dijo. Había llegado con una botella de agua que le extendió de inmediato.

— No gracias – respondió sonriendo -. No tengo sed.

— ¿Y a dónde iremos? – inquirió Adrían.

— No lo sé, tú me invitaste– señaló, luego de notar que se quedó con la mirada fija en ella, en silencio.

— Los cafés por aquí siempre están atestados – dijo Adrían -. Mejor dime tú a dónde quieres ir.

Ella se quedó pensando en el jardín donde se habían encontrado. Era un parque, pero en aquél momento sintió que el verde se extendía en todas direcciones, vacío de sombras y lleno de flores. Intuyó que eran azules, aunque quizá sólo era el cielo colándose por sus ojos expectantes.

— Conozco varios – dijo —. ¿A dónde quieres que te acompañe?

— Tú deberías elegir. Yo no sé de esas cosas.

Lo condujo entonces, señalando el camino. Se quedó un paso atrás de él, dando un último vistazo las hojas caídas, el pasto seco y la tierra desnuda sobre la que un montón de gente conversaba. Sacudió la cabeza y rio mientras lo guiaba, saliendo de aquél cementerio.

— ¿De qué tienes ganas? – preguntó ella.

— ¿A dónde quieres ir tú?

— Podemos ir por un café, rico, con música suave — dijo cortante —. También hay uno donde tocan bossa nova.

— Si tú quieres ir ahí…

La calle se hizo angosta, y tuvieron que ir uno delante de otro. Él tardó en comprenderlo y terminó golpeándose contra un poste, mirándola de reojo.

— Ahora está cerrado.

— ¿Crees? Suena a un buen lugar.

— Lo es – dijo ella. Pensó en todas las veces que fue a aquél sitio, pidió un café, se sentó con las piernas moviéndose cada tanto y con la vista fija en el otro lado de la mesa. A veces con gesto malhumorado, otras veces sin expresión alguna, salvo su calmo silencio que la cubría por completo como una bruma.

— ¿Y entonces?

— Lo están remodelando – sentenció, luego apuntó hacia la esquina del lado contrario de la calle -. Ese es el otro que te digo. Está rico.

Cada tanto le preguntó si conocía a algún actor y ella se elevaba de hombros para luego encogerse.

— No, no lo conozco.

— Va a estrenar una nueva película.

— Oh, qué bien – respondió.

Cuando terminaron, se despidió de él alzando la mano como un abanico abierto y se dio la vuelta.

— ¿No quieres que te acompañe?

— No, estaré bien. Gracias.

Se metió entre las calles, andando en zigzag y paseándose por un par de tiendas, y cuando llegó hasta la puerta de su hogar espero un momento tras entrar. Luego salió de nuevo, cruzó la calle hasta la tienda y compró un chocolate.

Al dar la primera mordida, dejó su morral junto a la puerta. Al dar la segunda llegó hasta la planta de arriba y se asomó al baño encendiendo el interruptor, viéndose apenas un momento a la cara. Fue hasta su habitación cuando quedaba apenas un pedazo de chocolate, y al dejarse caer éste cayó con ella, rebotando hasta el suelo y colándose por debajo de la tarima.
Se puso en pie, asustada, buscando el envoltorio.

— No lo coman.

De rodillas se inclinó bajo la cama y encontró un pedazo brillante, escondido entre sombras.

Estiró la mano, pero no pudo alcanzarlo al inicio. Viró entonces hacia el clóset, de donde le quitó el gancho a una playera que miró fijamente y que lanzó hacia un bote hasta desaparecer frente a sus ojos. Metió la mano una vez más y logró sacarlo, tras torcerse un poco la muñeca y ensuciarse el antebrazo, la mejilla y el codo. Su palidez había sido cubierta, manchada por polvo.
No pudo terminarlo. Ya no servía. Tenía la misma suciedad de aquellos restos que quedaron sobre su piel. Lo echó a un montoncito parecido a cereal de chocolate, en la basura.

Pensó:

—Los extraño.

Fue a dormir luego de un rato, tras meterse a la regadera y mirar cada tanto hacia la puerta. Hacia un viento irascible aquella noche, entrando probablemente desde la ventana de su habitación abierta. Salió desnuda, cubriéndose apenas por resquicios de la toalla. No podía permitir que el frío se colara en la casa, o que el viento le enfermara pues tenía las vías respiratorias inflamadas.

Al llegar a la ventana, sus vecinos la vieron. Algunos, igual que antes, tenían la mirada sin mayor ocupación que en sus ojos. Ahora ya miraban su cuerpo, y ella dejó la cortina corrida, regresando al baño y cerrando la puerta como si no lo hubiese advertido.

Salió al cabo de un rato con una blusa traslucida y un brasier negro. Luego, ya sobre su cama, se quedó dando girones a su cabello, que terminó cortando ella misma con las tijeras que tenía sobre un cajón. No lo dejó caer. Lo sostuvo con las manos, amplias y con las palmas hacia arriba, aunque lo tocó apenas con la punta de los dedos.

Cuando terminó, puso sus pies sobre la cama, cruzó sus piernas y miró fijamente a sus vecinos. Algunos, apenados, cerraron las ventanas y ocultaron sus rostros. Otros más encendieron las luces desde donde la veían. Ella se quedó a oscuras. Si querían ver su rostro, habrían de hacerlo por el vestigio de sus luces apabullando la fachada de su casa. Ninguna era tan intensa, así que tras un par de horas todos desistieron, dejándola sola.

Esa noche ella se acostó con las manos separadas. Le quedaron unos cuantos cabellos entre los dedos, y estos le raspaban. Durmió así, y al día siguiente, de pie y descalza, pensó que debía ir con la estilista.

Dedicado a
Iris Marmolejo.