El triunfo del abstencionismo

México y Colombia no solo comparten el idioma y el continente, ahora también compartirán una expresión paradigmática en su concepción social : “Dos de octubre no se olvida”. Para nosotros es una frase dolorosa porque nos recuerda la masacre de los estudiantes en la Plaza de Las Tres Culturas. Y ahora “Dos de octubre no se olvida”, será una frase que le recuerde a millones de colombianos el triunfo del “no” a la paz.

El plebiscito por los acuerdo de paz con las FARC en Colombia sorprendió no solo por sus resultados, ni por ser ese país el más progresistas y estudiosos de las teoría de la paz y los conflictos en Latinoamérica, sino por el hecho de que los ciudadanos, en su mayoría, decidieron no involucrarse en una fallo crítico para la construcción de su democracia.

El verdadero triunfador del plebiscito fue el abstencionismo. El “no” gana con menos de 100 mil votos de un total de 13 millones. Lo que se traduce en que una pequeña, pero gran mayoría decidió que el perdón era un precio muy alto por la paz. El hecho de que el 60% de la población colombiana haya decidido hacer cualquier otra cosa en lugar de ejercer su derecho al voto, nos muestra que la democracia en ese país no es como la pintan. Y que lejos de significar la apatía de la población, el problema reflejado en el abstencionismo demuestra la desconfianza generalizada en el gobierno y en la forma en que se resolverá el problema con las FARC.

Si recordamos algunos de los puntos más discutibles del acuerdo, encontraremos el otorgamiento de penas menores para los combatientes que realizaron actos altamente criminales, a través de un sistema de justicia transicional diseñado a la medida de cada uno de los casos. Es decir justicia ad hoc, circunstancia que no fue ni pensada para las Fuerzas Paramilitares de Autodefensa. Y qué decir del otorgamiento automático de diez escaños en el Congreso al partido político en que las FARC se convertirían, con independencia de que ganasen o no en las elecciones, brindándoles las mismas concesiones que se les da a los partidos políticos que sí sometieron su ejercicio del poder al escrutinio del pueblo y que con base en ello tienen representatividad para la promulgación de leyes y acuerdos.

Y cómo explicar de forma amigable a la sociedad que la paz no es solo el cese al fuego, si no que implica el pago de pensiones para los guerrilleros desmovilizados, con la finalidad de detener el negocio del narcotrafico, que es la principal fuente de ingresos de la mayoría, pero más allá de la aportación económica a los excombatientes, es la utilización de un recurso para no generar más violencia e ir restaurando la confianza en todas las partes de la sociedad.

La votación, para la gran mayoría de colombianos que decidió no ejercer su derecho, no fue solamente por el sí a los acuerdos de paz. La votación contenía una deconstrucción del tejido social que implicaba que los antes villanos se convirtieran en camaradas, en ciudadanos completos con los que habría que compartir el pan y el agua, la política y el ejercicio del poder, los medios de transporte y la seguridad social, como si nada hubiera pasado. Circunstancias que, como vimos con el resultado de la votación, al parecer no se socializaron e interiorizaron en su población. Estos puntos debatibles son los que subrayan la dicotomía entre lo bueno y lo malo. Como si la guerra fuera de ganadores y vencedores, como si la paz solo se obtuviera con el fin de la guerra. La paz se construye día con día y se debería estar buscando con metas objetivas, ya que, al día de hoy, el acuerdo parecía más un estandarte de los beneficios que obtendrían los “villanos” que un verdadero ejemplo de armonización entre la ciudadanía.

Cinco décadas en guerra se escribe en cuatro palabras, pero cincuenta años de muertes se leen con dolor. Las otras víctimas de las FARC, las invisibles, las que no votaron el domingo, están en los familiares de los soldados caídos, en las viudas, en los huérfanos en los albergues, en las madres, esposas, novias, hermanas que siguen buscando a sus desaparecidos.

Construir una paz pidiendo la legitimación del pueblo no fue suficiente. Los enemigos de la paz, utilizaron el acuerdo no como una carta de armonización, sino como el panfleto publicitario del odio para restregar en la cara de toda la ciudadanía los beneficios que obtendrían sus verdugos.

La paz debe buscarse. Colombia, lejos de verlo como una derrota, puede ver el triunfo del no, como una crisis, como una oportunidad de salir a preguntar casa por casa cómo está la ciudadanía, qué pueden hacer para involucrarse más en su comunidad, cómo les gustaría instaurar la paz. Pero sobre todo deberían cuestionarse si como país ya están preparados para dar y recibir el perdón y aprender una nueva forma de vida, sin miedo a la violencia.