José Pablo Moncayo, más allá del Huapango

El 29 de junio de 1912 nació el compositor jalisciense José Pablo Moncayo, cuyo legado musical ha cruzado fronteras y se ha convertido en un icono del repertorio clásico mexicano.

Creador de grandes obras como “Tierra de temporal”, “Bosques”, “Cumbres”, “Muros verdes”, “Amatzinac”, y “Huapango”; Moncayo es considerado uno de los principales representantes del nacionalismo musical.

Siendo el tercero de ochos hijos de Francisco Moncayo y Juana García; José Pablo Moncayo creció en un ambiente rodeado de arte, siendo sus hermanos una motivación más para dedicarse a la música.

Respetuoso, amoroso, tierno y leal; así lo recuerda su hija Claudia, “Mi papá siempre fue así, cariñoso con su esposa, se tenían un amor muy grande, leal con su familia y sus ideales. Y aunque yo era pequeña cuando murió, sé que me adoraba, y también a mi hermana, él siempre supo que eran 3 mujeres en su vida y nos quiso muchísimo”.

Para conmemorar su aniversario, nos dimos a la tarea de reunir el testimonio y la opinión de personalidades que conocieron al compositor, comprendieron y estudiaron su obra; esto con la finalidad de presentar un panorama general de la vida y obra de José Pablo Moncayo.

Su vida y sus aspiraciones musicales.

Por Claudia Moncayo, hija.

La infancia de mi papá fue bastante feliz, llena de música; había fiestas cada semana con violín, piano y percusiones, y toda la familia formaba parte de estos eventos.

Creció en un ambiente muy artístico, su papá era ebanista, trabajaba la madera de forma artística, su hermano Francisco era violinista de la Orquesta Sinfónica Nacional, su hermano Fernando tocaba el piano, y su hermano Alfonso era pintor y fotógrafo.

Fue su hermano Francisco que era violinista quien le provocó ese deseo de ser músico, José Pablo Moncayo tenía 4 años en ese tiempo. A los seis años comenzó a estudiar piano, y dio su primer concierto dos años más tarde, siendo esta actividad su primer acercamiento personal con la música.

Alumno de Aaron Copland, Moncayo siempre tuvo claro sus ideales. Una de sus mayores aspiración era componer, él era orgullosamente mexicano y quería que su música fuera escuchada al menos en todo su país; buscaba que el mundo estuviera orgulloso de la música mexicana.

Siempre estuvo en la búsqueda de nuevas técnicas musicales pero debido a su temprana muerte no tuvo oportunidad de realizar sus deseos.

Su interés por la naturaleza tuvo gran influencia en su música, se inspiraba en ella, y componía; él iba a muchas excursiones al Iztaccíhuatl, y de ahí nacieron muchas ideas para escribir. Muros verdes es una historia de amor, es una historia que cuenta la relación de José Pablo Moncayo con su esposa Clarita, el gran amor que se tenían.

La relación con su familia también era muy bonita, todos los viernes había tertulia familiar, después del concierto que dirigía mi papá en Bellas Artes, toda la familia se iba a un restaurante y platicaban del concierto, siempre lo acompañaban.

Mi papá dedicó su vida a la música; además de escribir, fue profesor del conservatorio, años más tarde director de la Orquesta Sinfónica Nacional; e incluso antes de morir, el presidente Adolfo López Mateos lo visitó en nuestra casa para ofrecerle la dirección de Bellas Artes.

José Pablo murió de una enfermedad cardiaca, ya que su corazón crecía y no había nada que hacer; pero incluso en la enfermedad, mi papá buscaba alentarnos. Él le decía a mi mamá –No te preocupes Clarita, que entre más me crece el corazón, más la quiero. Y así murió un 16 de junio de 1958, que en esa ocasión era día del padre.

En el 2012 fue trasladado a la Rotonda de las Personas Ilustres en la ciudad de México, en el panteón Dolores.

¿Quién fue José Pablo Moncayo?

Por Rodrigo Sierra Moncayo, nieto, pianista y director de orquesta.

Someramente lo que siempre he pensado de José Pablo Moncayo es que fue un gran orquestador, fiel a las enseñanzas de su maestro y mentor Carlos Chávez. Un hombre profundamente comprometido con la enseñanza musical, con los jóvenes y con el papel fundamental del arte en la construcción de la sociedad.  

El legado musical que nos heredó el maestro Moncayo consta no sólo de sus obras, diversas, profundas y en el más amplio sentido de la palabra: mexicanas, sino en todo el conocimiento que aportó a la academia.

Su absoluta honestidad para consigo y con su lenguaje le han otorgado un lugar indiscutible en la historia del arte nacional e internacional.  Sus influencias más directas: Carlos Chávez, Igor Stravinsky (casi de manera obligada), Maurice Ravel y su adorado Claude Debussy (en cuyo honor nombro Claudia a su primogénita).

José Pablo Moncayo, un hombre sensible, tímido hasta cierto punto, callado y a la vez con un sentido del humor muy peculiar cuando se encontraba en confianza, fue un hombre muy amoroso y comprensivo. A ratos casi pudiéramos decir que temeroso de lo desconocido, como cualquiera, enamorado de su esposa y aunque muy brevemente también de sus hijas, enamorado de la naturaleza, de la tierra, de la cultura, de la nación, inclusive del fútbol americano colegial. Estupendo pianista, implacable maestro de composición y armonía. Era de los que no les pasaban ni un error a los alumnos, flexible pero sumamente firme en sus convicciones, sabiendo que si no se es así, no se puede aspirar a mucho realmente. Fue un hombre con una atinada percepción de la realidad social de su tiempo, preocupado por las dificultades por las que atraviesan los jóvenes alumnos de música, por el impacto dañino que ciertos estímulos o tendencias podrían representar para las nuevas generaciones.  Un hombre que muy tristemente tuvo que aceptar que moriría joven, que tenía los días contados por una afección cardíaca que en su tiempo nadie pudo comprender pero quien dejaba tras de sí un regalo inconmensurable para todos nosotros.

Su música.
Por Lázaro Azar, crítico musical.
Hay amores que se construyen día a día, amores inexplicables, amores… que se heredan. Si tuviera que explicar mi amor por la obra de José Pablo Moncayo, habría de admitir que así fue el mío, inoculado nota a nota gracias a la pasión con que me hablaba de ella quien fuera mi Maestro y Mentor, José Antonio Alcaraz, a su vez, discípulo suyo.

Lo penoso es que aunque sabía qué había compuesto gracias a las referencias bibliográficas, no podía decir que conociera realmente su música, pues la mayor parte de su catálogo no había sido grabado. Teníamos esa deuda pendiente. Cuán satisfactorio me resultó ser el depositario de la encomienda monumental, por parte de Consuelo Sáizar, de rescatar todas sus partituras existentes para editarlas y grabarlas en ocasión de su centenario. La deuda, quedó saldada.
Gracias al Proyecto Moncayo corroboré la sabiduría de Alcaraz: más allá de haber sido el punto más brillante y postrero del Nacionalismo, o de no compartir ciertas tendencias vanguardistas sin por ello negar su simpatía hacia lo nuevo, la música de Moncayo “reúne en forma sorprendente dos tendencias en apariencia opuestas: potencia y vigor dinámicos, así como un lirismo pleno de ternura evocativa”.
Tras ser reconocido como un extraordinario orquestador gracias a la menos personal de sus obras, el Huapango (1941), fue hasta componer Tierra de temporal (1949) que Moncayo reveló su voz propia con total maestría. Concebidas con lineamientos similares, Bosques (1953) y Cumbres (1954) representan “el punto máximo del nacionalismo ‘naturalista’, tan inteligente, emotivo y equilibrado de Moncayo”, a decir de Alcaraz.
De talante humilde y discreto, Moncayo demoraría casi hasta el final de su vida para admitir con satisfacción lo plasmado en el pentagrama, al declarar que su ballet Tierra (1957-58) contenía “algunos de los mejores pasajes que he escrito”. Radiante y vital, lánguido o sombrío, su universo sonoro acrisola muchos de los mejores pasajes compuestos en México. ¡Gracias, José Pablo!

Moncayo, en una breve vista panorámica.
Por Eduardo Contreras Soto, investigador del Centro de Investigación, documentación e información Musical.

Parece natural que el punto de partida para hablar de José Pablo Moncayo siempre sea su Huapango, el cual, más allá de la coyuntura de su fama, presenta varias de las mejores cualidades del trabajo y el estilo del compositor. Sin embargo, también es fácil perder de vista muchas otras características moncayanas si no se pasa de su pieza más célebre, y por ello hay que tener una visión de conjunto que considere, por una parte, las etapas claramente definidas de su breve trayectoria creativa –25 años de los casi 46 que vivió–, y por otra parte, las herramientas y recursos comunes en la mayoría de sus piezas.

Moncayo supo trabajar con oficio y artesanado en su profesión compositora, y esto se demuestra por el hecho de tener dos etapas bien definidas en su trayectoria, determinadas de manera muy evidente por los recursos musicales que tenía a su alcance.

Desde sus primeros trabajos en 1931 hasta su reconocimiento en 1941 –años de vida y formación escolares en el Conservatorio Nacional–, su principal producción es música de cámara, en dotaciones de piano solista –su propio instrumento formativo– o de piano con otro instrumento, con pocas excepciones.

Después del éxito del Huapango, y ante la posibilidad real de disponer de la Sinfónica de México de tiempo completo, la producción moncayana comienza a ser más abundante en piezas orquestales, y en esta dotación el autor dejó la mayoría de sus piezas más célebres, lo mismo de formatos libres como Tierra de temporal, Cumbres o Bosques, que en formas clásicas, como su única Sinfonía o su Sinfonietta.

De modo similar, sus escasas pero valiosísimas aportaciones a la música escénica –su ópera La Mulata de Córdoba, la música para la coreografía Tierra, y el episodio “La Potranca” de la película Raíces– fueron resultados invariables de invitaciones de los colegas.

Dos son los elementos fundamentales que identifican el lenguaje musical moncayano: uno armónico y el otro rítmico. El armónico se revela en la rica y diversa paleta de tonos con los que Moncayo va conformando sus melodías y desarrollos: es evidente su manejo de la estética que se ha dado en llamar impresionista, por la libertad para emplear escalas sin seguimiento de los grados armónicos clásicos; en esto, el compositor reconoció siempre a sus modelos en compositores como Maurice Ravel o Claude-Achille Debussy, y su enfoque de las tonalidades refleja cómo se identificaba con este tipo de patrones sonoros.

En cuanto al elemento rítmico, Moncayo se inspira por igual en los patrones irregulares de los sones mexicanos que en las obras más vivas y dinámicas de Béla Bartók e Igor Stravinski –hay testimonios de que dirigía las obras de estos autores de una manera excepcional. Tampoco debe descartarse el conocimiento y afición que Moncayo tenía hacia la música estadunidense popular en su época, en especial el jazz, que podía asociar a sus intereses por razones también rítmicas.

Al combinar su armonía impresionista con sus ritmos dinámicos, contrastados e irregulares, la música de Moncayo transita desde pasajes de serenidad lírica y melódica hasta momentos poderosos, podría decirse bravíos –momentos que muchos oyentes asocian con la tradición popular mexicana–, en un camino total sólidamente basado en una orquestación de las más finas entre los compositores mexicanos: no debe olvidarse que Moncayo, discípulo de Candelario Huízar –quien, a su vez, lo había sido de Gustavo E. Campa–, culmina una gran escuela de brillantes orquestadores en la música de concierto mexicana, y cierra con su obra esa afamada época.

La fama de la época llamada nacionalista suele basarse en juicios superficiales y mal informados. Como la gente sólo conoce el Huapango, acaba pensando que ser “nacionalista” en el México de la primera mitad del siglo XX consistía en citar melodías y sones populares tradicionales y orquestarlos de manera brillante.

La audición de toda la obra de Moncayo, como la de los más destacados compositores de su época, puede ayudar a superar esta falsa idea ya muy repetida, para enriquecer el conocimiento y el aprecio por su música.

Huapango de Jose Pablo Moncayo from Manuel S Carrera on Vimeo.

ACERCA DEL AUTOR

Alejandra de la Torre

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